sábado, 9 de enero de 2016

Evangelio del domingo: Bautismo del Señor

Nos encontramos con un Jesús que sale de su casa, que renuncia a su vida judía predestinada y se adentra en el desierto en búsqueda de su verdadera misión. Él no sabe de lo que será su vida, más que lo que yo sé que me espera mañana (eso si Dios quiere).
En su soledad, oración y búsqueda, llega a orillas del Jordán, símbolo de la frontera de la Tierra Prometida al pueblo judío, y allí, fuera de la Alianza, fuera del orden establecido, fuera de lo
“querido por el Dios de sus padres”, encuentra a Juan, su primo lejano, anunciando la conversión, la vuelta a Dios no en el Templo y sus sacrificios, sino en el desierto, fuera de esa Tierra Prometida, reconociendo los pecados, siendo purificados por un rito, para poder volver el corazón a Dios y reemprender la transformación de Israel, la renovación limpia de la Alianza.
A Jesús le llegan sus palabras como un soplo fresco, como una misión que él anda buscando: volverse a Dios.
Los ritos con agua son típicos de la religión judía, pero ha llegado desde otros pueblos cercaos la costumbre de la inmersión como rito purificador. El bautista va más allá y lo realiza en agua que corre, no en agua recogida en piscinas, o en tinajas sino en agua viva.
En estas circunstancias se acerca Jesús para recibir el bautismo.
Juan, reconociendo en Jesús lo que él todavía no ve, se muestra indigno pero accede y he aquí que surge esa manifestación directa de Dios que pone a Jesús en su verdadera vocación: “…Este es mi hijo amado, en quién me complazco…”
Muchas veces son otros los que ven en nosotros lo que nosotros somos incapaces de ver. Todos tenemos o hemos tenido un “Juan bautista” que nos ha ayudado a ver, que ha visto más allá, que ha puesto su confianza en nosotros y nos ha acercado a Dios, a nosotros mismos, a nuestra verdad.
Otras veces hemos experimentado, como Jesús, la presencia del Espíritu que nos anima, empuja y alienta en momentos de crisis.
Esa fuerza de Dios que nos dice: tú eres mi hijo amado, en ti me complazco, ¡vamos! ¡sigue adelante! ¡vas bien! ¡no tengas miedo!
Y esta experiencia, en ocasiones, también nos lleva al desierto, pero no al aislamiento o la soledad, sino a la oración, al discernimiento y a la alegre pero gran responsabilidad de tomar mi vida en mis manos y ponerla en las suyas. Como hizo Jesús.
Seguro que somos capaces de ver en nuestras experiencias cómo el Evangelio cobra vida.
Si no es así, todavía estamos instalados en la Tierra Prometida de la antigua Alianza.
No hemos cruzado el Jordán del agua viva.
CONCHA MORATA
Extraído de DABAR Año XLII – Número 11 – Ciclo C – 10 de Enero de 2016