Mostrando entradas con la etiqueta DABAR. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DABAR. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de mayo de 2016

Evangelio del domingo: vosotros conmigo

Jesús se despide de sus amigos. No hace un parlamento muy largo, apenas dos párrafos en los que destila lo esencial de su enseñanza. Sabe que debe insistir en algunas cosas, dejar todo bien claro y grabar en sus mentes y en sus corazones lo más importante. Es sorprendente que, en esa circunstancia, Jesús habla de Espíritu, de conocimiento, de compañía y de amor. Llegamos al final del camino y Jesús pronuncia las palabras más importantes, las que más se han de recordar. Palabras que se referirán a la vida interior de los discípulos, a lo que van a sentir cuando se vean solos, a cómo mantener presente todo lo vivido junto a Él.
Jesús va a dejar a sus amigos. El momento es intenso y emotivo. Sabe que les deja huérfanos, y les promete que volverá. O, más que volver, que no los dejará nunca. No deben sentirse solos, pues en su
interior quedará siempre la presencia del Espíritu. Vivirá en ellos, envolviéndolos en su luz, dándoles vida y pasión, animando sus trabajos por ese mundo mejor que van a construir con su fuerza.
Los discípulos viviremos junto al Padre, viviremos en su cercanía. Porque le conocemos, y sabemos de la vida que nos da. El conocimiento, la cercanía al Padre, nos infundirán empuje y entusiasmo para la convivencia cercana con todas las personas, para la sencillez vital. Uniremos criterios y juntaremos esfuerzos. El recuerdo de Jesús no será una leyenda que se cuenta en pasado, con más o menos emoción, ni se quedará en los libros y en las mentes. La vida de Jesús será vida en nuestras vidas y se revalorizará cada día, estará presente en nuestros corazones, alegrando y llenando de esperanza las horas de trabajo.
No estaremos solos. En la medida en que sepamos mantener viva en nosotros la llama del amor de Dios, si sabemos hacer vida de las palabras, seremos auténticos seguidores de Jesús. Jesús nos presenta al Padre de la vida verdadera, creativa, gozosa, compartida y fructífera. Si mantenemos nuestra cercanía a esa fuente, nos mantendremos en esa energía, con la frescura original. Y Jesús nos ofrece exactamente eso: la manera de no perderle, de estar en él y en el Padre. ¿Cómo? Con conocimiento, buscando saber más de las cosas de Jesús, aprendiendo siempre, alimentando la curiosidad y las ganas de saber. También manteniendo la cercanía, en el rato de oración diario, en los breves momentos de dedicación de las tareas, en la visita frecuente, por breve que sea, al Santísimo. Y, sobre todo, acercándonos a disfrutar de su amor: en la Comunión, en el Perdón, en todos los momentos del día en que saboreamos el ser sus hijos predilectos.
El conocimiento de Jesús, la cercanía del Padre y el amor del Espíritu se irán notando en nuestras vidas. Una comunidad de creyentes que se teje con estos mimbres, necesariamente hará visible el mensaje que nos llega en esta lectura. El espíritu más allá de la letra; el amor más allá de la doctrina, la vida entregada más allá de la norma.
Los cristianos, a veces, nos sentimos tentados a vivir abatidos por las prohibiciones, las normas y el qué dirán. Textos como el que hoy nos transmite Juan deberían bastarnos para dejar atrás ese comportamiento de una vez y para siempre. Andamos necesitados de ánimo, de alegría, de luz, de entusiasmo y de fuerza. Volvamos a los evangelios, volvamos al espíritu de Pentecostés, y nunca nos faltará de nada.
A. GONZALO
Extraído de DABAR Año XLII – Número 32 – Ciclo C – 15 de Mayo de 2016 

sábado, 30 de abril de 2016

Evangelio del domingo: … mi paz os doy ...

¡Vaya regalazo el de Jesús hoy! Nos han tocado todos los boletos de la lotería a la vez. Nos regala su paz. Esta humanidad nuestra necesita con urgencia la paz. Las guerras y los atentados terroristas, los secuestros de personas, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, la violencia machista, las crispaciones crónicas... marcan nuestro hoy, multiplicándose de tal manera en muchas regiones del mundo, hasta asumir la forma de lo que algunos llaman “tercera guerra mundial en fases”.
Sin embargo, una vez más, Jesús nos regala su paz. Y lo hace no de forma individual sino colectiva, en grupo, en comunidad, os doy mi paz. ¡Qué bien nos conoce Jesús! Es importante que la paz de Dios, se haga visible en una fraternidad humana. No importa si es pequeña y sencilla, si está formada por jóvenes o mayores, hombres o mujeres, muchos o pocos, valientes o cobardes... Sólo desde la fraternidad tenemos la posibilidad de que nuestro esfuerzo por la paz sirva más al bien común que a nosotras mismas.
Esta fraternidad de paz se convierte en una fraternidad y en una paz alternativa a nuestro mundo, donde lo más importante no es el hacer, aunque sean cosas muy buenas para la paz; lo más importante es el ser. Debe ofrecer algo más que un simple contexto protector, no es sólo medio para realizar la paz, sino que es el lugar donde la paz que andamos buscando recibe su primera forma.
En esta fraternidad existen los problemas, las controversias, las discusiones... como aparecen en la primera lectura, pero se les pone nombre, se sitúan encima de la mesa y se buscan soluciones juntos y
juntas a la luz de la Palabra. Utilizamos nuestra palabra como regalo para construir, nunca para destruir, controlando la violencia verbal. Y escuchando.
En esta fraternidad compuesta por personas normales y corrientes reconocen que el perdón es el gran don divino que Jesús nos ofrece. Y perdona. La paz es una misión de perdón, de reconciliación (Col 1, 15-20); el perdón rompe el círculo del eterno retorno de la violencia (Jn 20,19-23). Jesús no ofreció un optimismo basado en las estadísticas, en el análisis político, en el equilibrio de poder o en la capacidad para destruir, sino una esperanza basada en la promesa del perdón de Dios a todas las personas, en la promesa de su amor incondicional hasta dar la vida.
Una paz que se logra con armas no es paz, sino dictadura de los poderosos. Un orden que se alcanza sometiendo y acallando con violencia a los posibles disidentes es coacción. La paz no se impone ni negocia, sino que brota donde hay hombres y mujeres que acogen y se perdonan gratuitamente. Por eso, la fraternidad no es una serie de personas que se han agrupado para unir sus fuerzas y hacer que la victoria sea más probable. No. La fraternidad es la expresión de una victoria ya conseguida. San Pablo dice: “la muerte ha sido vencida” (1 Cor 15,54), por eso, son personas de esperanza y agradecidas. Capaces de reconocer y celebrar la paz de Dios.
Esta fraternidad de paz abre su casas y acepta el regalo de las víctimas. La vida no crece y se extiende por la lucha entre fuertes sino por la presencia y palabras de aquellos que no tienen ni lugar, porque no tienen derechos. La verdadera paz nace de los expulsados del sistema: huérfanos, viudas, extranjeros, refugiados... y de aquellos que los acogen para vivir en Cristo. Nos regalan la paz sin saberlo, sin exigir homenajes, sin enfadarse porque nadie les hace un monumento. Por eso es preciso estar cerca de ellos: no por misericordia ni compasión, sino por mera necesidad, porque la paz solo es posible cuando alborea la justicia (St 3,18).
Una fraternidad, en fin, que tiene el “deber de memoria”, es decir, de repensar la vida y la muerte toda desde la memoria del sufrimiento de las víctimas. La memoria es justicia y, por tanto, paz; el olvido, injusticia y, por tanto... no paz.
MARICARMEN MARTÍN
Extraído de DABAR Año XLII – Número 30 – Ciclo C – 01 de Mayo de 2016 

sábado, 23 de abril de 2016

Evangelio del domingo:un mandamiento nuevo

El mandamiento del amor unido en el Evangelio a la próxima glorificación de Jesús por Dios y de Dios mismo en él.
La dinámica del amor… ¡perdón!: del AMOR.
Es cierto que siempre hay un componente divino en lo que nosotros designamos como amor, pues lo relacionamos directamente a un fuerte sentimiento afectivo positivo hacia algo o alguien.
Pero el AMOR, con mayúsculas, es Dios mismo, y su dinámica aquí, en nuestro mundo, no es imposible. Ya lo demostró Jesús, pero escapa a nuestra racionalidad, emociones, sentido de la posesión… a nuestra condición humana sin recursos.
Jesús nos muestra toda una vida pública, tres años dedicados a amar. Y fue crucificado.
Nos muestra el amor a Dios como el bien supremo y derivado inevitablemente de ese amor, el amor a sus hijos, sus hermanos los hombres.
Siempre decimos que Jesús fue un incomprendido de su época… ¡y de ésta! Jesús sigue siendo un incomprendido porque lo que dice y hace no es lógico. Porque no entendemos el amor.
Hace poco alguien me dijo: “Lo que ha hecho está mal, pero eso no quiere decir que sea malo. El hombre es siempre mucho más que lo que hace”. Y esto Jesús lo aprendió poco a poco gracias al dinamismo de su amor con Dios.
Aprendió a amar a los hombres como Dios los amaba, en su unidad como completos, en su unicidad, únicos e irrepetibles como a hijos. Perdonándoles todo. Restableciendo permanentemente su dignidad solo por ser.
Nosotros ponemos condiciones al amor: correspondencia, igualdad, fidelidad, reconocimiento, atención…
Por eso Jesús, antes de aceptar por amor a Dios y sin condiciones su destino, les deja a los discípulos un nuevo mandamiento: “que os améis unos a otros; como yo os he amado amaos también vosotros”. No puede decirles ‘amaos como yo amo a Dios o como Dios me ama a mí’ sino desde el ejemplo y la experiencia del amor vivido, visto y compartido a lo largo de tres años. Eso sí lo entienden, o casi. Pueden saber que es de una manera ilógica y diferente que les ha tenido fascinados y en marcha tres años fuera de sus casas. Se dan cuenta de que es algo especial que, lamentablemente al igual que hoy, el miedo consigue hacer tambalear en apenas un momento.
Que el miedo a amar no nos paralice, nos esconda, nos haga huraños o justifique lo que hagamos o dejemos de hacer.
Pongámonos en manos del amor de Dios para que de esa experiencia nazca un AMOR dinámico y sin igual.
CONCHA MORATA
Extraído de DABAR Año XLII – Número 29 – Ciclo C – 24 de Abril de 2016 

viernes, 8 de abril de 2016

Evangelio del domingo: A orillas del lago

Hoy Juan en su último capítulo nos deja una conversación de lo más íntimo y profundo entre Jesús y Pedro y nos deja claro cuál es la misión de la Iglesia.
El paisaje familiar del lago Tiberíades, la barca, los pescadores, todo parece repetir el contexto de la primera llamada a los discípulos, pero esta vez Jesús no es simplemente el Maestro, es el Señor.
Jesús está junto al lago donde los discípulos trabajan y los atrae hasta Él, Pedro arrastrando las redes con los peces es la imagen del pescador de hombres que nos lleva hasta Jesús, gracias a la docilidad de la Palabra, para interrogarnos a todos, al igual que a Pedro, sobre el amor.
Jesús les espera al término de su trabajo, con el fuego encendido y preparando el desayuno a sus discípulos. Jesús les invita a todos a compartir la Eucaristía, el pan calentito y reconfortante de la Eucaristía, todos juntos en un convite fraterno, Él ya ha puesto el pescado, pero quiere que traigan un poco de su pescado, conversa con sus amigos, se interesa por ellos, come en la misma mesa y se coloca en el mismo plano de humanidad, deja claro que no se puede empezar la misión estando separados, no es posible tomando distancias.
Jesús se lleva aparte a Pedro, parece el momento del rendimiento de cuentas, la triple pregunta remite a la triple negación: “¿Simón me amas más que a éstos?”
Y yo que soy madre, me ha venido a la cabeza, esa pregunta que muchos padres hemos hecho cantidad de veces a nuestros hijos: ¿Hasta dónde me quieres? Y ellos abriendo sus brazos con fuerza dicen: ¡Hasta aquí y hasta el cielo! Con estos juegos les enseñamos a los niños que el amor no tiene límites, les enseñamos la verdad más honda de la vida, que lo más importante para nosotros es su amor.
Jesús quiere hacerle ver a Pedro, que lo único que le importa es su amor. El amor verdadero que mueve hacia la voluntad, no el sentimental, el amor que mueve a hacer todo aquello que le gusta a la persona amada, el amor que mueve a la disponibilidad para seguir a Cristo, no por el camino de los privilegios, intereses, sino por el camino de la cruz.
Para el Señor es suficiente que la experiencia negativa de Simón no haya insensibilizado su capacidad de amar. “Apacienta mis corderos”, te confío a mis ovejas, o a mis corderitos, que son lo que más quiero. El amor que Pedro, perdonado, debe a Jesús, deberá revertir sobre los demás. Ahora que ha experimentado la propia debilidad, que ha sentido la necesidad del perdón, conoce la humildad, estará dispuesto a comprender y compadecerse de los hermanos y a llevar a cabo su misión.
Al igual que a Pedro, el Señor necesita entablar con nosotros un diálogo, un diálogo entre corazones, quiere unirse a nosotros a través de la ORACIÓN, ese diálogo que nos parece tan difícil pero que es tan sencillo como responderle que le amamos, necesita saber si nosotros nos damos cuenta de cómo siente Él su amor, necesita saber si arde nuestro corazón cuando tendemos la mano a nuestro hermano, si arde nuestro corazón cuando sentimos el dolor del otro, si arde nuestro corazón al recibir el perdón. En definitiva no se trata de un amor formal, ni de cumplimiento de deberes, necesita que le amemos de verdad, si queremos su acompañamiento, si queremos comer con Él y trabajar con Él, si nuestras obras y acciones son fundamento del amor.
También los apóstoles conocían muy bien su oficio de pescadores… Comenzaron a aprender de verdad, una mañana cuando alguien, dejándose ver el perfil a la orilla del lago, lanzó una pregunta: “¿Tenéis pescado?”
Es necesario que alguien nos pida algo para que caigamos en la cuenta de que somos expertos…en tener las manos vacías.
SUSI CRUZ
Extraído de DABAR Año XLII – Número 27 – Ciclo C – 10 de Abril de 2016 

sábado, 2 de abril de 2016

Evangelio del Domingo: Divina Misericordia

Jesús vuelve a encontrarse con sus discípulos después de su Resurrección. Algunos ya le han visto, y han dado testimonio de lo que eso supuso para ellos. Otros, como Tomás, que no estaba ese día, se muestran escépticos. Como cualquiera de nosotros, si nos vinieran a contar que alguien que ha muerto ha vuelto a la vida. Es normal la duda, la desconfianza cuando un suceso escapa a las leyes de la naturaleza y a lo normal de la vida cotidiana.
Pero contamos con la presencia arrolladora del Espíritu, que se manifiesta cuando Jesús aparece entre todos ellos, y les llena de nueva vida, les hace recuperar la ilusión y el compromiso, la fe en el mundo nuevo que les ha propuesto.
Los creyentes de este momento de la historia nos vemos, con cierta frecuencia, en la tesitura de tener que dar razón de lo que no podemos. Mantenemos nuestras creencias y prácticas dentro de nuestras vidas, con naturalidad y sin escondernos ni hacer alarde de ellas. Tenemos amigos, unos creyentes y otros no, y nos sentimos integrados y cómodos, lo mismo en la parroquia que fuera de ella. Pero, puesto que la fe es un salto del corazón que se apoya en el Espíritu, es difícil justificarla o explicarla razonablemente en todos sus matices. Quiero decir: ¿quién de nosotros no reaccionaría como Tomás en la misma situación? La eterna pugna entre razón y fe…
Cuando, por fin, Tomás ve a Jesús, y éste le muestra sus heridas y le ofrece las pruebas de su existencia real, es Tomás el que rinde su razón a la presencia de Jesús. El amor de Jesús le atrae con una luz fija y reluciente, le llena de confianza, borra sus dudas. La realidad del amor de Dios puede con todo.
Creo que el episodio de Tomás viene a decirnos que no es malo dudar, porque Dios nos dio la inteligencia para que la usáramos. Como dice J.A. Pagola, las dudas bien resueltas nos ayudan a profundizar nuestra fe. Y la experiencia de Dios en nuestra vida, cuando se fundamenta en la sensatez y el pensamiento coherente, adquiere realidad y profundidad.
Es el domingo de la Divina Misericordia. Como parte de las celebraciones del Año Jubilar de la Misericordia, tiene el sentido de recordarnos que, como parte de la Iglesia que somos, estamos llamados a contribuir a ‘poner en evidencia su misión de ser testimonio de la misericordia. Seamos misericordiosos como el Padre’
Aprendemos la Misericordia del Padre. Padre que, al manifestarse ante nosotros, nos devuelve la alegría, la calidez, la luz de la mirada y el gozo del corazón. Creo que la mejor manifestación de la misericordia, cuan la damos o la recibimos, es la ligereza del alma, el sentimiento del corazón que se une al nuestro, amplificando la fiesta y reduciendo el duelo a un tamaño manejable.
Me reconforta pensar que el salto a ojos cerrados que nos exige la fe, tantas veces incomprendido por quienes nos rodean, pueda llegar a llenarnos de fuerza, luz y gozo. A abrirnos la puertas del corazón y animarnos a salir afuera, al encuentro de quienes nos necesitan. A hablar a cada cual en el lenguaje que mejor entiende, a repartir a manos llenas el amor que tan gratuitamente se nos da.
En resumen, a dejar el mundo un poquitín mejor de cómo lo encontramos.
A. GONZALO
Extraído de DABAR Año XLII – Número 26 – Ciclo C – 03 de Abril de 2016

viernes, 4 de marzo de 2016

Evangelio del Domingo: Entrar en nosotros mismos

En mi comunidad era bien conocido el salmo que oramos hoy, el salmo 33, era para algunos de nosotros un salmo para orar en las horas bajas, de esas que también se tienen cuando tienes pocos años y todavía crees plenamente en el hombre y la utopía… “Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias.”
Leyendo el evangelio de hoy, a la luz de este salmo, reparo en que esa es la actitud del hijo pródigo, ‘el afligido invoca al Señor’. El cambio, que inicia el camino de vuelta, es la conciencia de vivir una situación de angustia, de pasar hambre, de no ser tratado de acuerdo a su condición de persona, es la experiencia de carencia, de pobreza,… y de invocar a Dios en ella. Esta fragilidad, paradójicamente, nos posibilita la búsqueda mayor, algo nos dice dentro que hemos sido llamados a una vida mejor, y nos permite añorarla, descubrir que Dios nos llama a otra vida, a otra forma de entendernos, de relacionarnos, de amar y amarnos,…
Como dice el padre al final del evangelio: “Ese hijo que estaba perdido, ha vuelto a la vida”, ese hijo que no era consciente de qué era la vida, que se marchó atraído por el mal, lo fácil, lo establecido,… en la situación de necesidad “entrando en sí, se dijo (…) « Me levantaré, me volveré a casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros».” Este hijo, que andaba perdido, encuentra en la experiencia del hambre la capacidad de entrar dentro de si, halla su espacio íntimo y secreto, donde puede estar sólo bajo lade DABAR
atenta mirada del Padre, adquiere la capacidad de desplazarse de lo exterior a lo más interior, de lo superfluo a lo esencial, de la palabrería al silencio, de la confusión de tener cosas que parecen llenar a la añoranza del amor, y en ese lugar interior es capaz de cambiar, decide volver, pero no para pedir privilegios y dinero, sino para ser tratado como persona y recuperar el amor perdido.
Decía San Juan de la Cruz se trata de “huir de las criaturas que le pueden hacer daño, zambullirse en su hondo y centro que es Dios y esconderse en él”, en ese centro, “se escondió” el hijo menor y ahí encontró la fuerza para su decisión. El viaje a la propia interioridad y la transformación que tiene lugar ahí, son un camino sin retorno, que cambian a las personas desde dentro, si es auténtico no puede quedarse en qué a gusto estoy aquí, contigo Padre, sino que se verifican en la conversión, en la valentía de volver a la casa paterna, pidiendo perdón, reconociendo los pecados, sin exigir, sin querer ser más, sin aspirar a tener… cambiando los parámetros de las relaciones… Volver, emprender el camino hacia lo bueno, lo bello, lo cierto… frente a lo aparente, lo estrafalario, el engaño del mal…
Y se produce el encuentro con lo inesperado, porque Dios y su misericordia superan siempre cualquiera de nuestras expectativas, quien quiere volver tan solo a ser tratado como mero jornalero, se encuentra un padre afectuoso, cariñoso, alegre, que corre efusivo a su encuentro, que le cubre de besos y abrazos, que le devuelve su dignidad de hijo, que hace fiesta solo porque ha vuelto a casa quien se había perdido… recupera intacto el amor primero, no hay rencor, no hay reproches, las puertas de la casa paterna-materna se abren de par en par para el amado hijo… se puede volver sin miedo, todos podemos volver sin miedo, hayamos pisado las tierras de la perdición que hayamos pisado, volvamos, porque nuestro Padre tiene siempre el corazón dispuesto al encuentro y los brazos abiertos…
ELENA GASCÓN
Extraído de DABAR Año XLII – Número 19 – Ciclo C – 6 de Marzo de 2016 

viernes, 19 de febrero de 2016

Evangelio del domingo: Escuchadle

Escuchadle
La escena de la Transfiguración del Señor tiene un objetivo claro: hacernos entender que la Ley y los Profetas (Moisés y Elías), prepararon el camino al que había de venir después. Pero no eran los definitivos. Dios envió a su Hijo para enseñarnos lo que había de ser la Verdad hasta el fin de los días. El relato de la Transfiguración insiste en que Jesús es el único camino, la única Palabra, la única verdad, la vida verdadera.
Los relatos evangélicos acuden a imágenes que sirvan a nuestro entendimiento para llegar a nuestro corazón. Los apóstoles suben a la montaña con Jesús: recorren un camino, no exento de dificultad, en su compañía. Con voluntad de seguirle, y ayudándose unos a otros, y dejándose ayudar por Jesús. Cuando llegan arriba, se sientan. Y aparecen dos personajes a quienes no se oye, ni se ve con claridad. Sólo hay luz en el rostro de Jesús. Se le distingue de los otros. El bueno de Pedro no ve la diferencia, y propone hacer tres chozas, una para cada uno. Refleja nuestra habitual tentación de quedarnos allí
donde nosotros encontramos a Jesús, disfrutar de su compañía, sin volver a nuestro lugar habitual ni intentar que nuestro encuentro con Él nos lleve a cambiar nuestra vida.
La luz del rostro de Jesús, cuando lo contemplamos de cerca, debe ser algo digno de disfrutarse. Y se ve lógica la reacción de Pedro: quedémonos aquí. Pero hay que bajar. Hay que volver y compartir con todos la experiencia de la luz.
Desde la luz entramos a la nube oscura y llegamos al miedo. La oscuridad es una experiencia de la vida espiritual que nos enseña a no perder la confianza en Dios, a seguir creyendo que sigue en nuestra vida, aunque no lo veamos. La nube nos vuelve a enseñar que no todo en nuestra vida se debe a la razón y al dominio de nuestro intelecto. Y nos da la medida de lo seguro de nuestros agarraderos. Si nuestra confianza está donde debe estar, atravesaremos la nube oscura sin daños. Aprenderemos que la confianza en la sujeción de las manos de Dios es lo que nos sostiene cuando el mundo no lo hace.
La voz del Padre nos aclara lo que hemos de sacar en limpio de la experiencia: escuchemos a su Hijo, sólo a El y nada más que a Él. Durante mucho tiempo nos hemos apoyado en la ley y en los Profetas, pero ahora que tenemos a Jesús no nos hace falta nada más. Su Palabra, leída, escuchada y dejada resonar en nuestro corazón, nos dará sustento y guía, y será lo único imprescindible para enseñarnos esa nueva manera de vivir.
Y sólo nos queda guardar silencio. Toda esta experiencia se degusta a fondo desde el silencio interior. No es necesario ponerse a charlar, y a cacarearlo todo a los cuatro vientos. Las vivencias que nos transforman por dentro se acaban trasparentando, aun sin queredlo nosotros. Dejemos reposar lo aprendido, que gane peso y sustancia.
Subir a la montaña, espabilarnos, ver la luz en el rostro de Jesús, querer quedarnos con Él en lo alto, atravesar la oscuridad, asustarnos, escuchar la voz del Padre y guardar silencio. Un recorrido que podemos hacer con plena consciencia, para acercarnos de verdad a la Palabra, para dejarnos transformar por ella. Para ver el rostro de Jesús a nuestro lado y vivir en su presencia. Incluso en la oscuridad, incluso en el miedo.
A. GONZALO
extraído de DABAR Año XLII – Número 17 – Ciclo C – 21 de Febrero de 2016 

viernes, 12 de febrero de 2016

Evangelio del domingo: Tiempo de cambio, de paz y silencio

Desde que empezó el adviento hemos ido saboreando paso a paso, domingo tras domingo, los misterios del gozo de la espera, el nacimiento, la infancia y los primeros pasos del ministerio público de Jesús.
El miércoles de ceniza dio un giro brusco y nos enfrenta con nuestra condición de pecadores y se nos invita a la conversión. Es como pasar de la frescura del oasis, de la alegría y la ternura a la austeridad del desierto.
Hoy se nos muestra una de las imágenes más bonitas, emotivas y profundas de Jesús. Imagino lo duro que sería para Jesús estar rodeado de nada, despojado de todo, con sed, hambre y sólo con un alimento: el pan de Dios, el alimento de su Palabra, el alimento que necesita para volver a su vida, a su entorno, y convencer a sus gentes de la plenitud del amor de Dios, porque su amor nos libera de toda esclavitud.
La imagen de Jesús en el desierto es muy dura, pero a mí me transmite una paz que yo no hayo en ninguno otro texto, quizás porque se hace tan pequeño y humilde y a la vez tan humano, quizás me produce hasta tranquilidad pensar que Jesús tuvo que pasar por tantas pruebas y tentaciones para llegar a su Padre, llegar y encontrarse con Dios no es fácil, tampoco lo fue para él. La alegría de Dios no depende de lo que hagamos por él, sino de lo que le permitamos que haga en nosotros.
En ese desierto es importante otro signo, la oración, aquella que te inunda de paz cuando sale desde lo más humilde y profundo del corazón. “No nos dejes caer en la tentación” decimos en el Padrenuestro, ¡cuántas tentaciones nos detienen! Tenemos en nuestro corazón pequeñas piedras, como las que están incrustadas en un terreno de cultivo, agarradas a nuestro corazón, difíciles de despegar como la falta de misericordia, la insensibilidad, la dureza del corazón… Esperamos e incluso exigimos que Dios nos trate con ternura y con un perdón sin límites, pero somos incapaces de sentir misericordia por los demás.
La tentación es la seducción del atajo, del camino fácil, de la normalidad (lo que todos hacen), son las piedras que llevamos incrustadas en el corazón, son las que se transforman en pan sin pasar por el esfuerzo del hombre, tentación es hacerme la ilusión de que puede existir otro camino distinto al proyecto de Dios.
Nos guste o no, lo queramos o no, para tener hay quedar, para ser hay que deducir, para iluminar es necesario esconderse.
Jesús elige el desierto para esconderse, se va en su condición de hombre, a solas, sin nadie que le acompañe, sin nada que le distraiga, y empezó a librar su batalla desgastado por el hambre y la sed, se presenta ante las tentaciones y se enfrenta a ellas durante cuarenta días, sostenido sólo por la Palabra de Dios.
La cuaresma es una nueva oportunidad de descubrir que hay otra manera de ser, de vivir, de dejar que nos hable la Palabra de Dios, tiene que ver con vivir en el susurro, la sensibilidad, lo profundo y trascendental. Lo de Dios se vive mejor cuando se vive con el corazón. Si sólo vives con Dios y con el bolsillo… no descubrirás a Dios.
Y ahora en Cuaresma se nos invita a nosotros durante cuarenta días, a entrar en el desierto del silencio, de la oración, de la calma, del encuentro con el propio yo, y con los otros hermanos, del encuentro con Dios.
En la paz, en el silencio y en ese desierto particular de cada uno, tal y como Jesús nos enseñó, es donde entendemos que necesitamos un cambio, necesitamos ojos nuevos, una mente nueva y un corazón nuevo. NECESITAMOS A DIOS.
SUSI CRUZ
Extraído de DABAR Año XLII – Número 16 – Ciclo C – 14 de Febrero de 2016 

viernes, 5 de febrero de 2016

Evangelio del domingo: Por tu palabra

Una vez más la Palabra es protagonista. La Palabra que llama, que recluta a los mensajeros. Podemos hablar también de palabra y vocación.
Todos en nuestra vida diaria tenemos deberes y obligaciones que cumplir unas agradables y otras menos gratas. Misiones que cumplimos con gusto y otras decididamente arduas.
Hace muchos años me propusieron un ejercicio: en una libreta debía apuntar al término de la jornada todas aquellas tareas diarias difíciles de cumplir, todo aquello que no me agrada, que me cuesta, lo que me molesta demasiado, incluso peticiones no despachadas, invitaciones no aceptadas, deberes no cumplidos… le llamé el cuaderno de los desechos…. estaba lleno de compromisos no satisfechos.
Entonces me di cuenta de la otra cara de la moneda, intenté reflexionar sobre lo que el Señor quería de mí, lo que espera de mí. Seguro que las cosas que le interesan más, son las más difíciles de cumplir, aquellas que están más en el olvido, las que yo llamaría imposibles.
Él querría que le siguiera por el camino de lo más difícil y yo en cambio he emprendido a gran velocidad el camino de la facilidad y he ido a chocar de lleno con mi cuaderno de los desechos.
Jesús le dice a Pedro: Serás pescador de hombres. Vaya diría él… ahora que he descubierto el truco y mi oficio de pescador, tengo que abandonarlo. Viene a mi mente una imagen: la de la paciencia, la de la espera… ahora no entendería del todo las palabras de Jesús, pero con el tiempo comprenderá su significado y entenderá su misión.
El pescador de hombres no trata de atrapar, de atar, ni de capturar, sino de ayudar a otros a liberar ataduras, romper las redes y hacerse a la mar, con libertad y valentía. La respuesta de Pedro es ejemplar, un acto de fe: “Por tu Palabra echaré la red”, el milagro está ahí en echar las redes únicamente fiados de su palabra.
Dios es quien elige, quien llama, quien transforma, quien asigna una tarea, confía una misión. En todos los relatos de vocación de las tres lecturas, el hombre que es llamado descubre el propio pecado, la propia miseria, sólo así es capaz de reconocer la llamada de Dios.
¡Qué hermoso sería dormirnos con una frase del Evangelio en los labios y que fuese precisamente la palabra, quien nos meciera en el sueño y nos guardara por la noche y nos instruyera, incluso mientras dormimos!
SUSI CRUZ
Extraído de DABAR Año XLII – Número 15 – Ciclo C – 7 de Febrero de 2016

sábado, 16 de enero de 2016

Evangelio del domingo: Fiesta, fiesta, fiesta.

Jesús comienza su andadura pública en un contexto que, como suele pasar en los Evangelios, no es casual ni escogido al azar. Si cualquier primera vez es importante, por lo que tiene de declaración de intenciones y de anuncio del recorrido futuro, esta primera vez de Jesús en sociedad nos deja un puñado de interesantes pistas sobre lo que sería el resto de su vida y su mensaje.
Jesús acude con su madre a una boda en un pueblo cercano. Algún familiar o amigo se casa, y acude todo el mundo. Fiesta, comida, alegría, familia y momentos entrañables a montones. A las fiestas se va a disfrutar, a olvidarse por unos momentos del trabajo cotidiano y las responsabilidades. Pero si eres madre, si eres María, no puedes evitar ponerte en la piel de los anfitriones: compartes el desvelo por que todo esté bien, y haces lo que puedes para ayudar. En esa tesitura, María se da cuenta de que algo no va bien. Es su estar atenta (no para criticar, no para regodearse en los fallos ajenos), lo que va a resolver el apuro de los novios.
Dice J.A. Pagola, en su comentario de esta lectura, que los elementos básicos de esta lectura, el agua y el vino, son también símbolos en sí mismos. El agua se tenía, en las casas judías, en unas enormes tinajas de piedra. Guardada allí para usarla en el cumplimiento de las purificaciones que ordenaba la ley judía. Y Jesús decide cambiarle la categoría. Va a convertirla, por su Gracia, en lo imprescindible de todas las fiestas: el vino. En aquel momento de la historia, la presencia del vino era lo que convertía una simple reunión en una fiesta. Y sin vino, la fiesta devenía en un aburrimiento. El agua representa la antigua ley; el vino, la nueva fe. No es lo mismo agua que vino. Cuando hay pasión, alegría, empuje y fraternidad, se celebra con vino. Cuando todas estas cosas nos faltan, el vino puede darnos el empujoncito necesario para traerlas de nuevo a la vida diaria. Jesús realiza el primero de sus milagros
insistiendo en que lo que El trae es una fe que debe vivirse en comunidad, con alegría, con fiesta. Trae esos momentos únicos que permanecen en la memoria por mucho tiempo, y nos alivian de los días grises y tristones.
Así podría ser nuestra fe. La fe que nos ofrece Jesús es la de la fiesta, la de sentirse fuertes y unidos, la de la celebración del amor y la confianza en el futuro. Ese es el vino que Jesús pone en nuestra mesa. Vino que nos llenará de calor para ofrecer al desabrigado y fuerza para trabajar por los que ya no la tienen. Incluso voz para decir en alto lo que nadie quiere oír, para cantar cuando hay que ahuyentar miedo y tristeza.
Jesús empieza sus años de misión con una fiesta. Una reunión en la que, un poco a la fuerza, obligado por su madre, nos enseña qué es lo importante. Es importante creer, sí. Es importante ser testigos del amor de Dios. Es importante aprender de María a estar pendientes de lo que hace falta y tener disposición de movilizar a quien sea para que todos puedan disfrutar del banquete.
Y, con todo esto, lo más importante es la alegría. La fuerza, el empuje, el gozo, el brillo en la mirada y la disposición a celebrar. Con todos. Todos juntos.
A. GONZALO
Extraído de DABAR Año XLII – Número 12 – Ciclo C – 17 de Enero de 2016 

sábado, 9 de enero de 2016

Evangelio del domingo: Bautismo del Señor

Nos encontramos con un Jesús que sale de su casa, que renuncia a su vida judía predestinada y se adentra en el desierto en búsqueda de su verdadera misión. Él no sabe de lo que será su vida, más que lo que yo sé que me espera mañana (eso si Dios quiere).
En su soledad, oración y búsqueda, llega a orillas del Jordán, símbolo de la frontera de la Tierra Prometida al pueblo judío, y allí, fuera de la Alianza, fuera del orden establecido, fuera de lo
“querido por el Dios de sus padres”, encuentra a Juan, su primo lejano, anunciando la conversión, la vuelta a Dios no en el Templo y sus sacrificios, sino en el desierto, fuera de esa Tierra Prometida, reconociendo los pecados, siendo purificados por un rito, para poder volver el corazón a Dios y reemprender la transformación de Israel, la renovación limpia de la Alianza.
A Jesús le llegan sus palabras como un soplo fresco, como una misión que él anda buscando: volverse a Dios.
Los ritos con agua son típicos de la religión judía, pero ha llegado desde otros pueblos cercaos la costumbre de la inmersión como rito purificador. El bautista va más allá y lo realiza en agua que corre, no en agua recogida en piscinas, o en tinajas sino en agua viva.
En estas circunstancias se acerca Jesús para recibir el bautismo.
Juan, reconociendo en Jesús lo que él todavía no ve, se muestra indigno pero accede y he aquí que surge esa manifestación directa de Dios que pone a Jesús en su verdadera vocación: “…Este es mi hijo amado, en quién me complazco…”
Muchas veces son otros los que ven en nosotros lo que nosotros somos incapaces de ver. Todos tenemos o hemos tenido un “Juan bautista” que nos ha ayudado a ver, que ha visto más allá, que ha puesto su confianza en nosotros y nos ha acercado a Dios, a nosotros mismos, a nuestra verdad.
Otras veces hemos experimentado, como Jesús, la presencia del Espíritu que nos anima, empuja y alienta en momentos de crisis.
Esa fuerza de Dios que nos dice: tú eres mi hijo amado, en ti me complazco, ¡vamos! ¡sigue adelante! ¡vas bien! ¡no tengas miedo!
Y esta experiencia, en ocasiones, también nos lleva al desierto, pero no al aislamiento o la soledad, sino a la oración, al discernimiento y a la alegre pero gran responsabilidad de tomar mi vida en mis manos y ponerla en las suyas. Como hizo Jesús.
Seguro que somos capaces de ver en nuestras experiencias cómo el Evangelio cobra vida.
Si no es así, todavía estamos instalados en la Tierra Prometida de la antigua Alianza.
No hemos cruzado el Jordán del agua viva.
CONCHA MORATA
Extraído de DABAR Año XLII – Número 11 – Ciclo C – 10 de Enero de 2016 

domingo, 20 de diciembre de 2015

4º domingo de Adviento: Paz y alegría

María visita a Isabel, que pronto dará a luz a su hijo. Isabel, la estéril, está llena de vida. María, la que no conoció varón, también lleva en su seno la realización de una promesa vital: alumbrará al Hijo de Dios. Don mujeres sencillas que han visto revolucionada su existencia por su disposición a dejar a Dios intervenir en sus vidas. Dios las despierta a una vida asombrosa.
La confianza plena de María en el Señor la lleva a vivir hechos extraordinarios. Y esos hechos extraordinarios los vive María con sencillez, como algo normal. Es tan grande la humanidad de María que consigue llevar al Hijo de Dios en sus entrañas sin dejar de ocuparse de su vida cotidiana. Hace su trabajo, lleva su casa, y se pone en marcha en cuanto se entera de que su prima Isabel la necesita a su lado. María está llena de Dios, y eso la lleva corriendo junto a quien la necesita. La experiencia de Dios convierte a María en alguien al servicio de su prójimo.
La aparición de Dios en la vida de María es el principio del gozo. ¿Cómo no estar en el gozo sabiéndose elegida? Si Dios te mira, te conoce, te elige, te pide ayuda, ¿no es lo mejor que te puede
pasar? No reconocemos la fe como fuente de contento y alegría. ¿Qué se ha hecho de la alegría de los primeros tiempos del cristianismo? ¿Qué hemos hecho con la alegría?
Me viene a la mente aquel verso de Tagore: “Dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era alegría” Qué hermosas palabras para explicar lo que le pasó a María. A Ella y a todos los que aceptan la Palabra con ánimo de hacerla vida. Aunque esto suponga poner la vida en manos ajenas. A nosotros, tan amigos del control y de las propias decisiones, se nos hace muy, pero muy cuesta arriba.
Las cualidades de María (discreción, disposición, contento…) presiden todos los momentos de su vida. Desde el nacimiento de Jesús, hasta el final, al pie de la Cruz, aparece poco, pero su presencia en la vida de su hijo es fundamental. Ella le ha enseñado a confiar, a dejarse traspasar por Dios, a poner la vida a su servicio. María, como madre, ha inculcado a su hijo la costumbre de tratar a Dios en lo cotidiano, de verlo en lo pequeño y obedecer en lo grande.
María acompaña desde la sombra, sin reclamar protagonismo. No dudo que pasó por momentos terribles en su vida. Pero estoy segura de que el resto la vivió satisfecha y contenta. Alegre. Disfrutando de todo. Nos proponen a María como modelo, sobre todo a las mujeres, y nos chirría el aura de sometimiento y servidumbre. Pero María es un modelo fuerte, apto para todos los creyentes. El vivir cerca de Dios produce gozo y fuerza. Y las vidas que se viven en el gozo y desde la fuerza, esparcen luz y consuelo, y dan mucho fruto. Por eso nos miramos en ella, porque lo mejor de la madre de Jesús no está en sus retratos. Está dentro de nosotros, cuando nos dejamos mirar, conocer y traspasar por Dios.
María es mi modelo favorito de libertad y de compromiso. Porque pudo decir no, pero dijo sí. Y vivió su vida entera comprometida con esa respuesta.
A. GONZALO
Extraído de DABAR Año XLII – Número 5 – Ciclo C – 20 de Diciembre de 2015

viernes, 11 de diciembre de 2015

Tercer domingo de adviento: "Alegría"

Tercer domingo de Adviento: domingo de alegría. Ya estamos en puertas de la Navidad. Y sin embargo el que parece ser el asunto central del evangelio de hoy no nos ilumina en este sentido:
- ¿Y nosotros qué hacemos?
Una duda constante y que se repite idéntica desde que las personas tuvieron conciencia: ¿Y yo qué hago?
No es una pregunta cualquiera. Ante toda circunstancia nos la estamos planteando, de continuo. ¿Qué hago con mi vida? ¿Qué hago con los problemas de mi familia? ¿Qué hago: voy o vengo? ¿Qué hago con mis errores? ¿Qué hago con el dolor que veo a mi lado? ¿Qué hago...? ¿Pongo o dejo? ¿Qué puedo hacer...? La duda es constante, y nos causa más desazón e intranquilidad que alegría.
Todos nos hacemos las mismas preguntas. Si se es una persona religiosa o se tiene conciencia de solidaridad la perspectiva se abrirá más amplia: ¿Qué hago con el sufrimiento ajeno? ¿Qué puedo hacer por los problemas del prójimo? ¿Qué hago por el pobre, por el triste, por el desamparado...?
Juan lo tiene claro y nos ofrece unas cuantas buenas respuestas: sé justo, sé compasivo, sé caritativo, pórtate con nobleza, no abuses de tu condición... Sin embargo tampoco encontramos alegría en esas respuestas, como mucho hallamos obligación y responsabilidad que podemos llevar de buen grado siendo conscientes de nuestro compromiso.
Pero, ¿donde está la alegría? Y es el mismo Juan quien nos lo está advirtiendo: Ojo, que yo os aviso y apelo a vuestra conciencia -nos insiste-, pero el que ha de venir os hará remover de vuestra comodidad. Con Espíritu y fuego. Al pronto casi suena terrible más que alegre, pero los cristianos ya conocemos la verdadera respuesta aunque nos resistamos a verla: alégrate porque Él ya está aquí, lo tenemos entre nosotros. Ha venido como el guerrero que reina en nosotros, la ciudad que tanto ama. No hemos de temer, nos conforta la profecía. Alegrémonos y que se nos note, nos exhorta Pablo. No hemos de preocuparnos.
-¿Y entonces, qué hacemos?, nos volvemos a preguntar. Pero en esta ocasión ya no nos agobia la pregunta ni tememos el compromiso de la respuesta.
Nos lo ha contestado Pablo: Estad alegres en Cristo Jesús. Vivid en la alegría que da el fuego su amor. Poneos en sus manos, entregaos a Él y a su paz. Ya no hay que sufrir dudas, en el bautismo de su espíritu encontramos la alegría de la paz que nos conforta. Y es de aquí de donde ha de brotar la justicia, la compasión, la nobleza y la paz a la que nos llama Juan.
Adviento. Ya viene. Volvemos a conmemorar su venida. Nos disponemos a recibirlo. Lo sabemos con nosotros. Lo sentimos cerca. Lo tenemos cerca. Démonos a él y él se derramará en nosotros.
Preparemos nuestra alegría para celebrar la Navidad. Ya podemos pasear sin recelo entre los escaparates luminosos, rojos, dorados, al son de los villancicos sin tener remordimientos de ver tanto sufrimiento. Ya estamos más cerca de conocer la importancia y el poder que la alegría tiene en la vida del cristiano.
CONCHA MORATA
Extraído de DABAR Año XLII – Número 4 – Ciclo C – 13 de diciembre de 2015 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Evangelio del Domingo: "Una voz grita en el desierto"

Conviértenos a Ti, que tu llegada nos cambie el corazón para colaborar en que florezca la justicia, para tratarnos como hermanos, para estar atentos a lo que necesita el otro, para vivir centrados en los demás, para escuchar al que sufre.
Conviértenos a Ti, Señor, enseñándonos a construir la paz, a tratarnos con ternura, a utilizar expresiones cálidas, a minimizar las diferencias, a buscar las cosas que nos unen, a construir tu Reino de igualdad y fraternidad permanente.
Conviértenos a Ti, Señor.
Haznos dóciles a tu voz, para que vayamos convirtiéndonos y creyendo un poquito más en las palabras de vida de Jesús, permítenos descubrir todo lo grande que has sido con nosotros, y que en ese gozo encontremos la verdadera alegría, que nada ni nadie nos podrá quitar, aunque la vayamos viviendo entre lágrimas y tristezas.
Haznos dóciles a tu voz expresada en el Evangelio, para que leyéndolo en nuestros ratos de oración vaya purificándonos, configurándonos un poco más en la personas de tu Hijo único amado, el predilecto, para que en ese proceso de encuentro personal contigo tus senderos sean llanos a nuestro ojos, lo aparentemente logrado sea también cuestionado por si tu voluntad nos habla de un valle que debe ser percibido como más complejo y elevado o lo que parece lejos podamos, al calor de tu palabra, reconsiderarlo como colina de menor dificultad y altura, para que no veamos las cosas bajo nuestros juicios sino los tuyos.
Haznos dóciles a tu voz, Señor.
Acompáñanos en nuestros procesos personales para que seamos capaces de poner en tus manos todo aquello que nuestras manos han torcido, alejándolo de ti, capaces de confiar en que sólo tú puede allanar todo lo torcido que habita en nosotros, confundiéndose con lo que somos,…
Habítanos para que todos vean la salvación que eres, sálvanos de nosotros mismos y nuestras búsquedas egocéntricas, sálvanos de tantas veces como creyendo que hacemos el bien colaboramos con la extensión del mal, sálvanos de nuestro fariseísmo, sálvanos con nuestro trigo y nuestra cizaña para que seamos fecundos según tus parámetros y ritmos.
Concédenos Señor, el deseo de preparar tus caminos, de contribuir cada día a que tu proyecto sobre el mundo se haga realidad. Ayúdanos en nuestro ser constructores de tu Reino, no del nuestro, sino del que soñó Jesús: sin miedos, sin héroes, sin maestros,… donde reine la buena noticia de tu amor desmesurado sobre todos los hombres…
Que nuestras muchas horas de contemplar la vida y palabras de tu hijo Jesús nos vayan abriendo la mente y el corazón para poder descubrir en qué caminos transita ya tu Espíritu, qué huellas nos hablan de ti. Danos el don de la sabiduría para discernir cómo y cuándo plantear tu proyecto, para seguir hacia donde nos conduce tu senda habitada. Concédenos, como a Juan el Bautista, el don de la valentía para expresar, para explicar, para parar las aguas de las críticas malintencionadas, para tener la palabra adecuada, para callar sino es momento oportuno, si más que diálogo generamos confrontación, cuando el otro no nos va a escuchar sino a pretender tener la razón e imponerse, ayúdanos a detectar cuando merece más la pena callar que dar al otro la oportunidad para envalentonarse y envenenar.
“Y lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y todo discernimiento, llenos de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.”
ELENA GASCÓN
Extraído de DABAR Año XLII – Número 2 – Ciclo C – 6 de Diciembre de 2015

viernes, 20 de noviembre de 2015

Evangelio del Domingo: Jesús, ¿rey?

Antes de rey miro a Jesús, el testigo, el testigo de la verdad. Al que le ha sido dado conocer los designios del Padre y, por eso mismo, el que ha sido revestido de majestad para participarnos en esta tierra del mensaje del Reino de Dios.
Jesús, nacido para ser ungido rey. Venido al mundo para presentarse ante los pueblos mostrando las grandes galas de su reinado: la humillación pública del inocente detenido, juzgado y sentenciado; la conmoción de su sacrificio cruento para purgar en él nuestras culpas; la radiante iluminación de ser resucitado y mostrarnos en él el camino al reino de vida.
De verdad que no se concibe un reino así en esta tierra: un reino que no se imponga por la fuerza ni que se defienda con ella. No hubo lujo ni riquezas en la corte de Jesús. Ni palacios. Fue una corte sin ejército que la protegiera ni cortesanos aduladores que buscaran su propio provecho.
A decir verdad, sus cortesanos rivalizaban en entrega, dedicación y servicio a prójimos y ajenos. Ya hicieron renuncia de sus bienes y su comodidad al seguir a Jesús. Luego, cuando el rey se fue para volver al Padre, renunciaron incluso a la propia tierra para contarle al mundo que hay un Reino que no ofrece beneficios materiales. Los discípulos se lanzan al mundo a ofrecer Amor, sin más. Es difícil de comprender. Claro que tampoco se comprende un rey, Cristo Rey, que acepta consciente su corona para ser inmolado, aunque sea por Amor a la humanidad.
Tengo claro, muy claro, que su Reino no es de este mundo: leo las noticias cada día y parece que aquí en la tierra no haya lugar para un reino de Paz ni de Amor. Pero hay algo en este Rey que me hace rendirme a él incondicionalmente: su testimonio. ¿Qué conoce Jesús de la voluntad del Padre para entregarse voluntariamente a semejante sacrificio? ¿Cuánto Amor le movía para contagiar en esa misma entrega a aquellos primeros discípulos? Y de todos los siguientes, porque no puedo olvidarme de tanta gente creyente que confiada a su ejemplo han vivido su vida para darse a los demás.
Viendo el amor que derrochan sus súbditos ¡qué gran rey tiene que ser éste!
Sigo pensando en ti, Jesús, y cómo entregarme a ese Reino. No sé, Señor, si mereceré ser de la Verdad, pero concédeme el privilegio de que se haga el silencio en mi cabeza atribulada para dejar que suene tu voz.

CONCHA MORATA
Extraído de DABAR Año XLI – Número 60 – Ciclo B – 22 de Noviembre de 2015

sábado, 31 de octubre de 2015

Evangelio del Domingo: Día de todos los santos

...creo que encuentro mucho sentido en vincular santidad con bienaventuranza. Con sabiduría para vivir dichoso y hacer dichosos a los demás. Y por ello, creo que ser, llegar a ser, santo o santa tiene que ver con esa sabiduría. Con esa experiencia de conocerse profunda y verdaderamente, de vivir aprendiendo a elegir esa plenitud. Y eso se traduce en elegir los cómo. No los qué.
Me explico: los qué pueden ser los acontecimientos que suceden, nuestras virtudes y nuestras limitaciones (de las personas y también de circunstancias y situaciones), los qué también son las
personas con las que nos cruzamos y encontramos en el camino de nuestra vida, los qué es todo cuanto acontece, a veces ocurre fuera de nosotros, a veces dentro, a veces participamos de ello, a veces llega a nuestra vida, a veces lo elegimos, a veces no. Los cómo siempre se pueden elegir. Los cómo son fruto de nuestro aprendizaje vital, de nuestras decisiones, de nuestra conciencia despierta o no. De nuestro trabajo de “mejora” personal hacia esa plenitud. Hacia ese sentido.
Sabernos en proceso continuo de aprendizaje sobre los cómo que conducen a ello es liberador. El encuentro con seres humanos sabios y bienaventurados nos facilita ese aprendizaje. Comprender que en el bien de los demás nos jugamos el propio, que nuestra responsabilidad más importante es ir eligiendo vivir esa dimensión amorosa, es iluminador. Creo que la santidad se puede expresar en esos términos de liberación, de iluminación, de plenitud en el amor. De elección. De aprendizaje.
“Debemos ser el cambio que queremos en el mundo”, lo decía un sabio, quizás un santo, Mahatma Gandhi, y no hay tarea grande que no se pueda abordar en tareas pequeñas por las que empezar. Somos hijos de Dios, llamados a la santidad, a vivir desde la experiencia del amor y la compasión. Bienaventurados. Felicidades a todos los santos y santas de Dios. Hoy es su día.

Extraído de DABAR Año XLI – Número 57 – Ciclo B – 1 de Noviembre de 2015
ANA IZQUIERDO

viernes, 23 de octubre de 2015

Evangelio del domingo: Curarnos de la ceguera

¿Qué podemos hacer cuando la fe se va apagando en nuestro corazón? ¿Es posible reaccionar? ¿Podemos salir de la indiferencia? Marcos narra la curación del ciego Bartimeo para animar a sus lectores a vivir un proceso que pueda cambiar sus vidas.

No es difícil reconocernos en la figura de Bartimeo. Vivimos a veces como «ciegos», sin ojos para mirar la vida como la miraba Jesús. «Sentados», instalados en una religión convencional, sin fuerza para seguir sus pasos. Descaminados, «al borde del camino» que lleva Jesús, sin tenerle como guía de nuestras comunidades cristianas.

¿Qué podemos hacer? A pesar de su ceguera, Bartimeo «se entera» de que, por su vida, está pasando Jesús. No puede dejar escapar la ocasión  y comienza a gritar una y otra vez: «ten compasión de mí». Esto es siempre lo primero: abrirse a cualquier llamada o experiencia que nos invita a curar nuestra vida.

El ciego no sabe recitar  oraciones hechas por otros. Sólo sabe gritar y pedir compasión porque se siente mal. Este grito humilde y sincero, repetido desde el fondo del corazón, puede ser para nosotros el comienzo de una vida nueva. Jesús no pasará de largo.

El ciego sigue en el suelo, lejos de Jesús, pero escucha atentamente lo que le dicen sus enviados: «¡Ánimo! Levántate. Te está llamando». Primero, se deja animar abriendo un pequeño resquicio a la esperanza. Luego, escucha la llamada a levantarse y reaccionar. Por último, ya no se siente solo: Jesús lo está llamando. Esto lo cambia todo.

Bartimeo da  tres pasos que van a cambiar su vida. «Arroja el manto» porque le estorba para encontrarse con Jesús. Luego, aunque todavía se mueve entre tinieblas, «da un salto» decidido. De esta manera «se acerca» a Jesús. Es lo que necesitamos muchos de nosotros: liberarnos de ataduras que ahogan nuestra fe; tomar, por fin, una decisión sin dejarla para más tarde; y ponernos ante Jesús con confianza sencilla y nueva.          

Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, el ciego no duda. Sabe muy bien lo que necesita: «Maestro, que pueda ver». Es lo más importante. Cuando uno comienza a ver las cosas de manera nueva, su vida se transforma. Cuando una comunidad recibe luz de Jesús, se convierte.

Nos molestan los gritos de los que viven mal. Nos puede irritar encontrarnos continuamente en las páginas del evangelio con la llamada persistente de Jesús. Pero no nos está permitido «tachar» su mensaje. No hay cristianismo de Jesús sin escuchar a los que sufren. Están en nuestro camino. Los podemos encontrar en cualquier momento. Muy cerca de nosotros o más lejos. Piden ayuda y compasión. ¿Les contestamos con las palabras de Jesús: “Qué quieres que haga por ti”?"

José Antonio Pagola
http://creereenti.blogspot.com.es/2015/10/evangelio-domingo-25-de-octubre-de-2015.html

viernes, 16 de octubre de 2015

Evangelio del domingo: El servicio que nace del amor

El servicio que nace del Amor
Ellos no entendían nada…, nosotros seguimos sin entenderlo 2000 años después. ¿Realmente?
A veces mi maldad me lleva a pensar que no es falta de entendimiento, sino la pura realidad de la debilidad humana.
“…el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”.
Para seguir a Jesús, hay que servir, como él bien dijo. ¡Qué peligroso es el “hay que”!
No podemos basar nuestro ser cristiano en una serie de normas morales y de conducta; eso es ideología, de la buena, pero ideología.
Debemos siempre preguntarnos por la fuente, por la experiencia que lleva a Cristo a estas convicciones. La respuesta es siempre la misma, la única: el Amor.
El servicio cristiano y no cristiano, el auténtico, el de verdad, nace de la profunda experiencia del amor.
El mismísimo Dios, ama tanto al hombre que manda a su único hijo a su servicio.
Dios mismo sirviendo al hombre. Por amor.
Llegar a la experiencia del amor es un don que hay que pedir con humildad; es fruto de la fuerza del Espíritu. De eso Jesús sabía mucho.
No puedo obligarme a amar : puedo obligarme a ser educada, dispuesta, servicial, pacificadora, atenta, prudente…, pero el amor es una experiencia de relación y un don.
Los que tenemos la experiencia de la paternidad, creemos acercarnos a ese servicio que nace del amor; de la profunda e intensa relación con nuestros hijos. Es lo más parecido al Amor de Dios.
Sin embargo nos bombardean las noticias de padres que no aman a sus hijos, que los maltratan, que los venden, que los abandonan a su suerte, que los esclavizan, que los desprecian, o, sencillamente, que vuelcan sus frustraciones y deseos en sus vidas.
Estos hechos ponen en evidencia que el amor no es un derecho que se adquiere con las circunstancias o el tiempo. El amor es un don profundo y real que Dios ha puesto en mi.
Es su deseo y su regalo, pero para poder vivirlo, necesito penetrar en mi, ahondar en mi interior, buscar al Dios/Amor que me habita y se manifiesta en los acontecimientos y personas de mi vida y dejarlo hacer.
Mi servicio, mi felicidad y mi Humanidad (sí, con mayúsculas), dependen de ello.

Extraído de DABAR Año XLI – Número 55 – Ciclo B – 18 de Octubre de 2015
CONCHA MORATA

sábado, 3 de octubre de 2015

Evangelio del domingo: UNIDOS

Tanto es el amor de Dios por el ser humano que su soledad es motor de su acción, "No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él" (…) “el Señor Dios trabajó la costilla que le había sacado al hombre, haciendo una mujer, y se la presentó. El hombre dijo: "¡Ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne." (Gen 2,18-24) Quienes han hecho esa experiencia de unirse a otro saben que ser una sola carne no es tan sencillo como unirse bajo un mismo techo.
En la gracia del encuentro afectivo somos complementados por otro, solo si asumimos que somos incompletos, algo que no se produce siempre. Dios sí lo asumió y busca mostrarnos en ese encuentro nuestra necesidad de una “completud” todavía mayor, ese amor humano es signo de un amor mayor, más perfecto… nos habla de él, nos evoca otra necesidad, provoca en nosotros un deseo de más y nos convoca a su encuentro. Dios asume nuestra necesidad encarnar su amor en otro ser que nos ame lo más parecido a cómo Él nos ama; sin miedos, sin límites, sin méritos, sin esperar recompensas, sin esperar cambios, sin desearlos siquiera, … un amor sincero y verdadero, que nos permita ser como somos, que nos dé alas ayudándonos a aferrarnos a nuestras raíces, que nos cobije cuando en la vida nos vienen mal dadas,… capaz a la vez de no aportar nada útil y de aportarlo todo, que nos hace notar su ausencia y añorar su presencia, que nos sostiene cuando nos fallan las fuerzas, que nos acaricia cuando creemos no merecer ninguna caricia, que nos sonríe cuando lloramos por dentro, que nos abrace cuando nos sentimos demasiado expuestos o algo se nos quiebra por dentro, que esté en el momento de la fragilidad, sin querer evitárnosla, sin ayudarnos a evadirnos del sufrimiento, sin secar demasiado pronto nuestras lágrimas, alguien ante quien llorar sin miedo y sin pausa… alguien con quien hablar de todo y de nada, a quien expresar lo que somos y sentimos, nuestra existencia y cada experiencia, la vida, con sus tragos de vino y sus amargos cálices... alguien a quien desear no perder nunca, a quien no olvidaremos jamás, a quien amar y recibir su amor.
Alguien a quien amar, alguien por quien ser amado… para con valentía abandonar la casa propia del padre y la madre, abandonar cobijos artificiales, seguridades juveniles, protecciones innecesarias, criterios de otros, formas familiares de relacionarse, dialogar y convivir,… para ir hacia otro lugar, por construir, un lugar que cada día vamos juntos definiendo, consensuando cómo vivir la vida, al servicio de quién, desde qué prioridades, bajo qué criterios, evangélicos o no, tomamos decisiones: qué y cuánto comprar, qué y cómo consumir, dónde tener nuestro dinero, tener casa o no, cómo es mejor vivir la vida, qué modelo de persona, de familia y de trabajador vamos siendo, cómo educar a nuestros hijos, cimentándolos sobre roca pero aprendiendo a convivir con las arenas, también como necesarias,… asumiendo la responsabilidad de las opciones y decisiones.
Qué bonito suena todo y qué difícil es. Quizás ese primer paso de ‘abandonar la casa propia del padre y la madre’ nos parece más sencillo, pero no y es el más necesario, sí nuestros padres se quedan en su casa, pero la mochila viene con nosotros y en ella llevamos sus formas de relacionarse, de dialogar, de callar, de mirar hacia otro lado, de convivir, de construirse, de ser y de hacer familia,… y esa no se queda, viene con nosotros… y no son cosas fáciles de identificar, pero además una vez les hemos puesto nombre, no sabemos muy bien que hacer con ellas… Que difícil generar juntos algo que aunque muchos se engañen no empieza nunca en cero, para construirnos en cada uno hay cosas que destruir, que encajar, que pulir, que reubicar,… y sobretodo hay mucho que dialogar, que no es lo mismo que hablar, hay que escuchar, expresar, sentir, pensar, poner en común, ponerse en la piel del otro, soñar, creer, confiar, amar, perdonar, aceptar, acoger, discernir, … ¡son tantas!
Aunque nos cueste, ya no somos dos, sino una sola carne, unida por Dios, y para ello necesitamos cada día apostar por amarnos mejor, escuchar sus necesidades, compartir las nuestras, construir desde la igualdad, dialogar mucho aunque cueste, no mirar nunca hacia otro lado, no pesar ya se le pasará, reconocer nuestras debilidades e impotencias, nuestra incapacidad de cambiarnos y convertirnos, nuestros miedos profundos, perdonarnos y perdonar todo, sentir el amor compasivo de Dios hacia nuestra finitud,... para poder construirnos como personas desde ese amor y construir juntos una nueva familia, para que “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.
ELENA GASCÓN
Extraído de Dabar. Año XLI – Número 53 – Ciclo B – 4 de Octubre de 2015 

Editorial Verbo Divino EDV.

domingo, 15 de marzo de 2015

4º domingo de cuaresma: La luz vino al mundo

La fe ni es una tragedia, ni es una ideología
A veces confundimos estas palabras: «fe» con «creencias». Otras veces decimos que «somos creyentes» cuando, en realidad, profesamos y hacemos pública una ideología, sea la que sea. El evangelio de hoy nos habla de Dios y de su plan, que es de amor y de salvación. Ahí nace y se fundamenta la fe, en la aceptación gozosa de estas palabras. Lo demás, es ideología, aunque sea religiosa.
La fe no es una tragedia. Todos conocemos personas que viven su pertenecía a la Iglesia o la profesión de un confesión religiosa de forma trágica. Cuando les oímos hablar de Dios, de Cristo, o de la Iglesia, no dan ganas de «hacerse cristiano», en lenguaje coloquial, sino de «huir» de lo que ellos proponen, como si de una enfermedad contagiosa se tratara. Son personas que siguen viviendo a Dios como a un «tirano» que pide cuentas al ser humano; a Cristo como el «modelo del sacrificio» para agradar al Dios cruel. Ven la Iglesia como la «madrastra» siempre enojada que está todo el día llamando la atención. Si esto es así ¿merece la pena hacer esta profesión de fe? ¿Podemos ser felices algún día en este camino? Sin embargo, la fe cristiana, bien entendida, no es en absoluto así; la fe cristiana, tal como la presenta Jesús en su evangelio es un «don precioso».
La fe ilumina y da sentido. 
Otros viven la fe como una ideología. Comparten unas «creencias», más o menos racionales, más o menos útiles para la vida. Aún más; las creencias pueden ser oscurantistas,
extrañas o incluso estar sometidas al temor y al miedo. La fe, por el contrario, se define por el «encuentro» que lleva a la confianza en el otro. La fe se abre y confía en el Dios que ama a la humanidad, y al ser humano concreto, manifestándolo en la entrega de su único hijo. La «luz», la «confianza», la «alegría» pertenecen a la fe. Por el contrario, el que se esconde o huye de Dios, es esclavo de miedos o comportamientos no confesables.
La fe es creer en Dios salvador. 
El texto de Efesios que leemos se adentra en la cuestión que abordamos: cuando éramos pecadores, esto es, cuando no teníamos nada que ofrecer, él mismo nos ha salvado, porque ha querido. San Juan insiste en lo mismo desde otra perspectiva: el exceso del amor de Dios por sus criaturas se manifiesta en que ha enviado a su propio Hijo para que toda la humanidad entre en el misterio de la salvación. Creemos en un Dios que da vida, que quiere nuestra felicidad; en términos teológicos, que nos «salva», librándonos de nuestras mil esclavitudes y llenándonos de él mismo. La «condena» no pertenece a Dios; el rechazo de esta voluntad de felicidad la fragua y la lleva a cabo el propio ser humano en su dureza de corazón.
PEDRO FRAILE
Extraído de DABAR Año XLI – Número 20 – Ciclo B – 15 de Marzo de 2015